viernes, 19 de marzo de 2010
martes, 16 de marzo de 2010
Jugar a ser otros estimula su imaginación
A partir de los dos años, muchos niños desarrollan la capacidad de ponerse en la piel de otros en sus juegos e imaginar que son ellos. Exactamente aún no son capaces de imaginar cómo se sentirían los demás, pero sí imaginan que son, jugando, otras personas, personajes o animales.
Muchos niños empezarán a decir: “Yo, Mickey” o “Yo, papá” o “Yo, Juan”, porque les gusta Mickey, echa de menos a papá o se acuerdan de su amigo Juan, y quieren pensar que viven sus aventuras o que los tienen cerca. Los padres participamos de este juego hablándoles como si fueran esas otras personas, e inventando aventuras.
La imaginación es increíble a esas edades, y podemos explorar una selva, trabajar como lo haría papá o jugar en la nieve con Juan. Podemos acompañarles en estos juegos inventando cualquier aventura, entrar en su mundo y convertirles en quienes quieran imaginar.
Normalmente hay un objeto que les hace “ponerse en la piel” del otro: si coge los zapatos de papá, una prenda de mamá, el muñeco de Mickey, la mochila de Dora la Exploradora…
Mi hija mayor últimamente es todos esos personajes y cómo no, también se “convierte” en bebé, no sólo en su hermana pequeña, sino en otros bebés de sus personajes favoritos como Rosi, la hermana de Caillou (también se convierte en Caillou a menudo), o a “darnos sustos” convirtiéndose en el fantasma de la cocina que se esconde tras la trona.
A veces, incluso nos asigna a los demás otro papel: “Tú Minie”, “Tú yaya”... Lo que aún le cuesta entender y no le gusta es que yo me ponga en su lugar y la imite a ella o a un bebé. Creo que ya tiene bastante con su hermanita bebé en casa.
Otra variedad de imitaciones son los animales: conforme aumentan en su capacidad de vocalización y movimientos son capaces de imitar animales cada vez con más acierto. Claro, hay que llevar cuidado porque cualquier objeto se convierte en un hueso que lleva el perrito en la boca…
Jugando sin juguetes
Por supuesto, los juguetes “físicos” siguen estando entre sus entretenimientos favoritos, pero cualquier objeto que no suponga peligro para ellos se puede convertir en un juguete, y lo hacen con mucho éxito. De ahí que haya que llevar cuidado en no dejar objetos peligrosos a su alcance, pues al ansia de explorar y descubrir se une esa magia de convertirlo todo en un juego gracias a la imaginación.
Incluso, a partir de los dos años muchos niños empiezan a ser capaces de imaginar que comen de un plato imaginario, que acunan a un bebé imaginario, que entran a una casita imaginaria… ¡Imaginad qué ahorro de espacio! Todo lo necesario para jugar y divertirse está en su imaginación.
Al tiempo que aprenden a imitar a otras personas, también son capaces de fingir estados anímicos o físicos en el sentido de juego: ahora estoy triste, ahora estoy cansada, ahora estoy enfadada, ahora me asusto, ahora tengo dolor y quiero que el doctor me dé jarabe con un tenedor…
Es en esta edad en la que el niño comienza a divertirse en compañía de otros niños, aunque se limitan a observar o imitar el juego de los demás y difícilmente lo harán colaborativo con niños de la misma edad, lo cual suele llegar a partir de los tres años.
A partir de los 3 años, el niño empieza a relacionarse con amiguitos, desea compartir sus juegos con ellos y se reparten los papeles.
Mientras tanto, somos sus padres los que “entendemos” esta bonita manera de jugar siendo otros y podemos disfrutarlo juntos y animarles a que se conviertan en quienes quieran ser. Lo importante es que, mientras juegan, aprenden y se divierten, y nosotros con ellos.
miércoles, 10 de marzo de 2010
22 Alternativas a los Castigos
Todos estos métodos tienen mucho en común con los castigos físicos, y transmiten los mismos mensajes: que a los padres no les interesan las necesidades no satisfechas que ocasionan la conducta y que toman una injusta ventaja de su tamaño y poder sobre el niño. Más significativamente, estas aproximaciones le dicen al niño que alguien al que ama y en el que confía, le quiere causar dolor. Este es un mensaje "para volverse loco", porque es muy extraño para el entendimiento intuitivo de los niños sobre cómo debe ser el amor.
Finalmente todos estos métodos hacen que se pierdan las mejores oportunidades para aprender. Hacen que los niños tengan fantasías de venganza lo que los distrae de enfocarse en la situación real que tienen a la mano. Las verdaderas alternativas a los castigos son aquellas que ayudan al niño a aprender y crecer de una forma sana. ¡Hay pocas alegrías más grandes en la vida que permitir a nuestros niños enseñarnos que es el amor!
Aquí hay veintidós alternativas que dan mensajes positivos y amorosos:
1. Prevenir la conducta no deseada cumpliendo las necesidades de los niños cuando sean expresadas. Con sus necesidades satisfechas, el niño está libre de moverse a la siguiente etapa de aprendizaje.
3. Aplicar la Regla de Oro. Piensa cómo te gustaría ser tratado si estuvieras en las mismas circunstancias de tu niño. La naturaleza humana es la naturaleza humana, no importa la edad.
4. Muestra empatía por los sentimientos del niño, aún si la conducta del niño parece ilógica, los sentimientos y necesidades subyacentes son reales para él. Declaraciones como "te ves muy triste" es una buena forma de mostrar que estás del lado del niño.
5. Valida los sentimientos del niño para que él sepa que tu entiendes y que te importa, y que nunca será rechazado por tener ningún sentimiento en particular. Por ejemplo, "Eso me asustaba a mi también cuando yo era niño".
6. Cumple la necesidad subyacente que lleva a la conducta. Si castigamos la conducta externa, la necesidad no satisfecha continuará surgiendo en otras maneras hasta que esté finalmente cumplida. Preguntas como "¿Estas enojado porque hoy he estado mucho tiempo en el teléfono? ¿Te gustaría que fuéramos a caminar juntos?" pueden ayudar al niño a sentirse amado y entendido.
7. Cuando sea posible, encuentra una solución "ganar-ganar" en la que se cumplan las necesidades de todos. Para aprender herramientas de resolución de conflictos, considera tomar un curso de Comunicación no Violenta.
8. Asegúrale a tu hijo que es amado y apreciado. Las llamadas "malas" conductas frecuentemente son intentos de expresar su necesidad de amor y atención, en la mejor forma que ellos lo pueden manejar en el momento. Si él pudiera expresar su necesidad en una forma más madura, lo haría.
9. Distraerlo de la situación que se ha vuelto demasiado estresante para resolver en el momento: "Tomemos un descanso. Que otra cosa te gustaría hacer".
10. Asegúrate de que tú y tu niño han consumido alimentos nutritivos durante el día para que los niveles de glucosa se mantengan altos. Bocadillos pequeños y frecuentes es lo mejor.
11. ¡Respira! Cuando estamos estresados, necesitamos más oxigeno, pero tendemos a hacer respiraciones cortas. Aún unas cuantas respiraciones profundas nos pueden ayudar a calmarnos y pensar más claramente.
13. El té de manzanilla es muy relajante para niños y adultos. Si la Mamá que amamanta lo toma una hora antes de ir a dormir, puede ayudar a calmar al bebé. A los niños grandes les puede gustar el té de manzanilla helado o las paletas.
14. Toma un tiempo fuera – con tu niño. Un cambio de escenario – aún si es sólo un poco de tiempo afuera, puede hacer la diferencia para ambos, padres y niños.
15. Toma una Tarjeta de Crianza para que te dé inspiración y aliento o crea tus propias tarjetas recordatorias.
16. Ofrece un masaje. Un masaje a la hora de dormir puede ayudar al niño a dormir más profundamente, lo que le ayuda a recuperarse y a tener energía para el siguiente día.
17. Dale elecciones. Los niños necesitan sentir que tienen voz. Ofrecer elecciones, aún si a ti no te parecen importantes ("¿Cual tasa quieres, la azul o la roja?") les ayudará a los niños a sentir que pueden decidir sobre su vida, especialmente si ha tenido que lidiar con cambios recientes.
18. Intenta susurrar. Cuando la tensión es alta, susurrar puede ayudar al niño a poner atención y también ayuda a calmar al padre.
19. Dale tiempo al niño. Frases como "Dime cuando estés listo para compartir tu juguete/ subirte al asiento de seguridad/ ponerte tu abrigo" darán al niño la sensación de autonomía y harán que sea más fácil para ellos cooperar.
20. Date tiempo. Cuenta hasta 10 (en silencio). Algunas veces necesitamos un poco de tiempo para pensar las cosas más claramente y verlas más objetivamente.
21. Recuerda que los niños crean imágenes de nuestras palabras: "ve más despacio" es más efectivo que "no corras". La primera frase crea una imagen de ir más despacio, mientras que la segunda crea una imagen de alguien corriendo (la palabra "no" es demasiado abstracta como para superar la más concreta y convincente imagen de correr). Igualmente, una petición específica es más efectiva que una general: "Por favor deja el vaso" en lugar de "Sé cuidadoso".
22. Pregúntate a ti mismo "¿Cuando me acuerde de esto me reiré?" Si es el caso ¿Por qué no reírse ahora? Crea un recuerdo que te gustaría tener cuando te acuerdes de ese día.
De esta forma, nosotros podemos lograr la cooperación genuina que buscamos en estos momentos. Pero nuestra más grande recompensa será para toda la vida, ¡un vínculo amoroso y confianza mutua con tu hijo!
Encontrado vía Adivina cuánto te quiero (un imprescindible en la blogosfera)
Think1: Televisión educativa
jueves, 4 de marzo de 2010
Se porta mal para llamar la atención (primera parte)
Eso suele ocurrir cuando se dan alguna de las siguientes circunstancias:
- El niño o la niña comprueba que sus padres le prestan una especial atención cuando se porta mal, mientras que cuando se comporta adecuadamente no recibe atención o la que recibe es mínima.
- Prestar atención significa que dejan todo para acudir a lo que acaba de hacer, que es un momento especial para dirigirse a él, aunque sea para regañarle; comprueba que sus padres hablan sobre él, se ocupan especialmente, hablan con otros familiares sobre el tema, con los profesores o incluso lo llevan a un especialista. El niño comprueba que hay una desproporción entre la forma de actuar de sus padres cuando se porta mal (se movilizan y es el centro de atención) que cuando se porta bien.
- También suele ocurrir que el niño solo es atendido si realiza un comportamiento negativo. Por ejemplo, es el caso de un niño que ya está cansado mientras sus padres están entusiasmados en un centro comercial. El niño ha dicho en varias ocasiones que se quiere ir a casa, que está cansado y su razonable petición no es atendida. Finalmente, solo lo tienen en cuenta si explota en una rabieta o protesta desproporcionada.
- En otros casos los niños consiguen con su mal comportamiento lo que quiere. De esta forma, le sirve para salirse con la suya y una y otra vez el mal comportamiento obtiene recompensa, de manera que al niño o la niña le sale rentable.
- Una situación especial de este comportamiento está relacionada con los celos y la rivalidad entre los hermanos. Las conductas inadecuadas aparecen cuando los padres están centrados en uno de los hermanos (normalmente el más pequeño) y portándose mal consigue desviar la atención de sus padres y volver a ser el centro, aunque sea para ganarse una regañina.
- Por último, descubren que con su comportamiento pueden manejar y chantajear a sus padres. De esta forma ellos mismos manipulan a su familia con expresiones como “si me porto bien entonces…” “si no haces esto entonces me portaré mal”.
Por tanto, que el comportamiento inadecuado de un niño aparezca para llamar la atención de sus padres es una explicación frecuente y razonable, aunque no siempre es la única. En muchos se puede tratar de una falta de límites, de normas incoherentes y en casos extremos de un problema de conducta del niño o de la niña.
En las próximas semanas facilitaré unas orientaciones para afrontar este tipo de circunstancias con más o menos éxito.
Jesús Jarque García.
viernes, 26 de febrero de 2010
"Mi hijo es hiperactivo": ¿Cuándo buscamos solución médica?
Muchas veces me pregunto cómo es posible el aumento de las cifras de diagnósticos de niños con problemasde hiperactividad y otros trastornos de conducta.
Muchos y complejos factores contribuyen a este incremento, pero sin duda uno es responsabilidad de los padres que dicen “Mi hijo es hiperactivo” y buscan una solución médica a la conducta de sus hijos, cuando verdaderamente no estamos ante un problema que necesite tratamiento médico.
Realmente no es rara la semana que escuche de niños (incluso, ¡de bebés!, en alguna ocasión), “Es que es hiperactivo” o “Creo que tiene hiperactividad”, afirmaciones frecuentemente acompañadas por “No puedo con él”, “No para ni un momento”, “Me está volviendo loco”...
No significa que todos esos padres vayan a llevar a sus hijos al médico, ni que todos los que vayan sean diagnosticados como tal, pero algunos sí lo harán más adelante.
La hiperactividad y trastorno de déficit de atención (TDAH) es el trastorno neurológico infantil más común. Las variables para estimar las tasas de prevalencia tienen que ver con los criterios de diagnóstico, pero también con la población que acude al médico para ser evaluada.
Según la Federación Española de Asociaciones de Ayuda al Déficit de Atención e Hiperactividad, una gran variedad de trastornos pueden confundirse con el TDAH, hasta en cerca de dos terceras partes de los niños remitidos a consulta porque se piensa que son hiperactivos.
La hiperactividad se confunde con otros trastornos
Pero, ¿con qué confundimos los padres esa supuesta hiperactividad, mucha de la cual acabará con tratamientos innecesarios?
Entre esa variedad de trastornos destaca que entre un 20% y un 30% de los niños tengan trastornos afectivos y de ansiedad. Los trastornos afectivos se gestan en el lugar de donde ha de llegarnos el afecto, principalmente nuestra casa, nuestra familia, nuestros padres.
Resulta preocupante, no ya que los comportamientos habituales de niños pequeños quieran confundirse con síntomas de una enfermedad, sino que tan a menudo haya otros problemas “de fondo” que se gestan en el seno familiar y que derivan de una falta de afectividad o de dedicación.
Esas carencias, como el pez que se muerde la cola, hacen que se intensifiquen los comportamientos que se confundencon TDAH, haciendo creer que no tenemos ninguna responsabilidad en ello como padres, que es culpa de los niños, que hay un problema médico que necesita ser tratado.
Por lo tanto, antes de decir tan a la ligera que “Mi hijo es hiperactivo” deberíamos plantearnos estas dos cuestiones: ¿No se trata de un comportamiento “normal”? ¿No tengo, como padre, alguna responsabilidad en este comportamiento?
¿Mi hijo no se comporta “normalmente”?
Si la hiperactividad se caracterizara por la aparición de puntos verdes en la cara seguramente no estaríamos reflexionando sobre este tema.
Pero los síntomas del TDAH no son muy diferentes de cualquier niño “normal”, y quienes tenemos hijos de más de dos años nos damos cuenta enseguida: son niños de fáciles rabietas, buscan constantemente la atención, no parecen tener noción de peligro, cuentan con una curiosidad insaciable y excesiva actividad motora, se muestran impulsivos, desobedientes o desafiantes.
Por ello a la hora de distinguir entre un niño con el trastorno y otro sin él, es importante tener en cuenta la cantidad e intensidad de los síntomas y su permanencia en el tiempo y en diferentes situaciones.
Querer englobar a todos los niños en la misma supesta “normalidad” no es posible, y si el hijo de mi vecino es un ejemplo de tranquilidad y es capaz de aguantar toda la comida sin levantarse de la mesa, no puedo pretender que mi hijo también lo sea porque “es lo que toca”. Cada niño es un mundo, tanto en su comportamiento como en su evolución.
En saber apreciar y entender su diversidad, en acompañarlos en su crecimiento ayudándoles a desarrollarse como personas sin intentar cambiarles sino intentado que evolucionen y maduren sanamente, ahí radica la labor que deberíamos adjudicarnos como padres.
El hecho de clasificar a nuestro hijo con un término médico para intentar “organizarnos” o introducirlo en un orden “normal” no creo que sea beneficioso, pues el pequeño se acostumbra a oirlo y se encasilla él mismo, reproduciendo las palabras de sus padres.
Si ya es raro escuchar a los padres afirmando que sus hijos son hiperactivos cuando los ves jugando junto a tu hija y no aprecias nada fuera de lo común, más raro y triste me resuta que un niño de tres años te diga “Es que soy hiperactivo”. Pero todavía es peor que un niño se diagnostique y se medique innecesariamente.
También hay niños hiperactivos reales. Por supuesto, los verdaderos casos de hiperactividad necesitan un diagnóstico certero y tratamiento, aunque no siempre los criterios de diagnóstico estén consensuados, y se siga investigando sin descanso en la mejora del tratamiento y en adecuar la medicación a cada caso particular y buscar soluciones alternativas para emplear los fármacos sólo en los casos graves.
Pero aquí hablamos de niños que tal vez hace unos años o con la implicación paterna nunca se hubieran llamado “hiperactivos” ni medicados como tal.
¿Tenemos los padres algo que ver en la supuesta hiperactividad?
Si no les dedicamos el tiempo que nuestros hijos requieren, si contribuimos al desapego familiar, si no les prestamos atención, probablemente estaremos facilitando que el comportamiento de nuestros hijos sea “anormal”.
Pero no son hiperactivos, sino que se sienten solos, sin vigilancia, y están reclamando nuestra atención. Se trata de la acentuación de un comportamiento habitual en la mayoría de los niños (el ser “movidos”, el tener rabietas…), pero no de una verdadera hiperactividad.
Las causas de la hiperactividad “verdadera” son complejas y desconocidas en gran medida, aunque se sabe que en ellas intervienen factores biológicos y psicosociales que propician irregularidades en la producción y función de los neurotransmisores. Se requiere un estudio pormenorizado e individual de cada caso para hacer el diagnóstico correcto y tratarlo debidamente.
La falta de tiempo, de paciencia y la relegación de responsabilidades educativas debida a otras obligaciones hace que muchas veces el comportamiento de un niño que hace décadas era simplemente revoltoso, movido, inquieto, hoy quiera ser diagnosticado y tratado para evitarse “el problema”. Delegar nuestras responsabilidades como padres en otros.
No se trata de un fenómeno aislado, porque a la tendencia de “echar las culpas al otro” se suma una medicalización generalizada de nuestra vida, de la sociedad, que muchas veces ve enfermedad donde no la hay.
En definitiva, se trata de una búsqueda de solución médica a nuestra incapacidad como padres, a nuestro agotamiento y falta de recursos. Pero antes de mandar a nuestro hijo a la consulta deberíamos reflexionar sobre todo esto y preguntarnos “¿Realmente mi hijo es hiperactivo?”.
Más información | Federación Española de Asociaciones de Ayuda al Déficit de Atención e Hiperactividad
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