domingo, 23 de mayo de 2010

¿Aprendemos de los hijos o intentamos que sean como nosotros?

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Que el mundo parece girar cada día más rápido no es ninguna novedad. El ritmo de vida es cada vez más frenético y parece que vivimos deprisa esperando siempre el siguiente escalón.

Cuando un niño nace, los padres tendemos a pensar que no saben nada, que vienen como un cuaderno en blanco en el que debemos escribir para que aprendan y siempre esperando que maduren rápidamente para que dejen de llorar, para que empiecen a dormir más, para que se hagan más autónomos y en definitiva para que se adapten cuanto antes a nuestro ritmo de vida.

En este proceso en el que tratamos de volcar nuestro ser en ellos, intentando por lo tanto que sean como nosotros, no pensamos (de hecho a nadie se le pasa por la cabeza) que ellos tienen más que enseñarnos a nosotros que nosotros a ellos.

Sólo porque somos personas adultas, más grandes, más altas y más fuertes, dueñas de una información de la que ellos carecen creemos, desde que nacen, que nuestra misión es hacerles tal y como somos nosotros.

¿Y quienes somos nosotros?

Aquí es donde está el dilema. Pocas personas (y tristemente no considero que yo pueda incluirme en este grupo) saben realmente quiénes son ellos mismos.

Dicho de otro modo, tratamos de hacer que nuestros hijos sean como nosotros sin pensar qué somos nosotros mismos, hasta dónde hemos llegado ni cuál es el estado de nuestra vida interior, de nuestro equilibrio emocional o de nuestra autoestima.

Esto hace que personas llenas de complejos, de preocupaciones, de un ritmo de vida del que querrían poder huir, con un nivel de autoestima cuestionable, con vicios y obsesiones que querrían eliminar y con unas cuantas heridas emocionales producidas por personas que en su momento también tenían las suyas propias estén luchando, día tras día, por hacer de los niños una persona afín a ellos, semejante, que no desentone y, por lo tanto, con los mismos defectos.

Conócete a ti misma

Sé que puede sonar a Power Point sacado de un e-mail en cadena, pero el mejor camino para ser una buena madre es conocerte a ti misma, echar el freno de mano, hacer un viaje interior observando todas las capas y corazas que cubren la inocencia con la que naciste, las heridas que siguen sin curar, los problemas de la infancia que no pudiste afrontar porque eras pequeña y que te producen un nudo en el estómago si los recuerdas, las malas costumbres, los vicios y las obsesiones de los que querrías desprenderte y cómo no, todo aquello que te hace sentir bien, que no todo nuestro ser es negativo.

A través de ese viaje podrás empezar a ser honesta contigo misma y, sobretodo, podrás ser capaz de ver que el camino de tus hijos no tiene por qué ser el mismo que tú caminaste, ni el mismo que ahora caminas.

Aprender de ellos

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“¿Qué puedo aprender de un niño, si ni siquiera habla?”, podría preguntarse cualquier persona. Pues mucho, muchísimo. El problema es que hemos dejado de ser niños, hemos olvidado lo que suponía ser uno de ellos. Hemos dejado de percibir el mundo con los cinco sentidos y de empaparnos de la alegría que se nos ofrece cada día y ya no sabemos disfrutar de la cotidianidad.

Hemos crecido tratando de ser más fuertes, más listos, más resistentes y más impenetrables para sobrevivir. Así hemos logrado nuestra cota de éxito, que es lo que se valora en las personas, pero hemos perdido alegría, creatividad, espontaneidad y libertad.

Hemos luchado tanto por crear nuestra propia fortaleza, nos hemos cerrado tanto en nosotros mismos que, sin querer, hemos empezado a morir por dentro, viviendo una vida en la que no sabemos casi amar, tratando de querernos a nosotros mismos y en la que no nos queremos comprometer ni exponer ante los demás por miedo a sufrir (cerrándonos aún más).

Los niños nacen con todo aquello que nosotros nos hemos dejado en el camino: son libres, creativos, espontáneos y rebosan alegría e inocencia.

En un mundo mejor los padres deberían tratar de enseñar menos y aprender más. En un mundo mejor los padres deberían tratar de ver el mundo a través de los ojos de sus hijos, para conocerse a sí mismos a través de la infancia que ya no recuerdan, pero que vivieron. Quizás así recuerden todas aquellas características que les hacían más felices y recuperen algo de ellas.

Fotos | Flickr – AdamSelwood, Inferis
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