sábado, 30 de noviembre de 2013

¿Cuáles son los síntomas de estrés en los niños?

¿Cuáles son los síntomas de estrés en los niños?

Parecería que el estrés es cosa de los adultos, pero hay muchas razones por las que un niño puede sentirse estresado. El nacimiento de un hermanito, el cambio de casa, comenzar el colegio… pueden ser situaciones que desencadenen el estrés infantil. Pero, ¿cuáles son las señales de estrés en los niños?
Los problemas para dormir o las alteraciones en el apetito son algunas de las consecuencias más habituales del estrés, aunque existen otros de muy diversa índole ante los que hemos de estar atentos.
Recordemos que el estrés es la respuesta fisiológica del organismo en el que entran en juego diversos mecanismos de defensa para afrontar una situación que se percibe como amenazante o de demanda incrementada. Los principales síntomas del estrés en los niños son:
  • Problemas para dormir
  • Cambios en el apetito (comer poco o con profusión…)
  • Diarreas frecuentes
  • Bajo rendimiento escolar
  • Incremento o disminución de la actividad física
  • Cansancio o fatiga
  • Apatía, pasividad
  • Problemas para relacionarse con otras personas
  • Irritabilidad
  • Tristeza…
Los padres hemos de estar alerta ante alguno de estos síntomas, ya que combinados con las situaciones de cambio pueden ser signos de estrés, y hemos de procurar que la salud del niño no se resienta, minimizando en la medida de lo posible las consecuencias.
Por suerte, las situaciones de estrés son casi siempre temporales, asociadas a una elevada carga escolar (o extraescolar), a tener que someterse a una revisión médica, vacunas, un viaje… Pero si son situaciones que se alargan en el tiempo sus consecuencias pueden ser más graves.
No hemos de minimizar las consecuencias del estrés, ya que, entre otras cuestiones, ha sido relacionado con desórdenes mentales en la edad adulta o con un aumento de las crisis de asma.
Niños que echan de menos

Posibles causas del estrés infantil

Como hemos mencionado con anterioridad, alguna de las razones más frecuentes para el estrés infantil son la llegada de un nuevo miembro en la familia, la separación de los padres, el cambio de casa o de colegio, el inicio de las clases… En el caso de niños es edad preescolar, el estrés por el hecho de separarse de los padres es muy evidente.
Los posibles casos de acoso en el colegio, la preocupación por la situación económica del hogar (tal vez conviene no mostrar la propia ansiedad paterna, aunque tampoco ocultar lo que sucede en casa) o peleas familiares… son otras situaciones que podrían provocar el estrés cuando el niño crece.
También lo que sucede a su alrededor, las noticias perturbadoras en televisión, las películas de terror… pueden provocarles miedo y estrés, por lo que hay que estar pendientes de la información que les llega (o más bien del modo en el que se transmite dicha información) y del tipo de entretenimiento, que ha de ser adecuado a su edad.
La muerte o enfermedad de un ser querido, o su propia enfermedad, son otros factores que propiciarían la aparición de ansiedad.
Si bien con niños pequeños las presiones suelen provenir de fuentes externas (como la familia, los amigos o la escuela), cuando crecen también pueden surgir de la persona, de la exigencia a uno mismo (agravada a la vez por las exigencias externas hacia ellos).
No existe etapa en la infancia que esté exenta de sufrir estrésdesde el útero materno y el nacimiento, o cuando son bebés y cuando crecen, de niños y más adelante de asolescentes, hay que cuidar este aspecto en la medida de lo posible.
En los casos en los que se perpetúen los síntomas en el niño o afecten a la salud del mismo de manera significativa habrá que acudir a un especialista, ya que podría existir otros factores físicos implicados. Lo que no conviene hacer es desatender estos síntomas. Hay que hablar con el niño cuando este ya nos entiende, preguntarle por sus sentimientos, dejarle expresarse.
Si el niño y su familia comprenden el origen de la problemática, el estrés estará más cerca de controlarse y de superarse. Hay que evitar que el estrés infantil se convierta en crónico o que derive en procesos más complicados, como ansiedad o depresión.